Mostrando entradas con la etiqueta Felipe IV. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Felipe IV. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de enero de 2017

El Madrid que SÍ fue XIV. El Palacio de Oñate

Hoy, primer miércoles del año, os queremos felicitar este 2017 a todos los lectores como corresponde, con un nuevo artículo de “El Madrid que SÍ fue”.

En este post hablaremos del Palacio de Oñate, uno de los palacetes del centro de Madrid tristemente desaparecidos, y que sin embargo, ha sido testigo de importantes acontecimientos de la historia de la capital.

1. Plano de Teixeira, 1656. Detalle del Palacio de Oñate
Nos remontamos al siglo XVI. Algunas de las familias nobiliarias más importantes de España llegaron en esas fechas a Madrid para asentarse permanentemente en la urbe, puesto que desde 1561 se había convertido en la capital del país. Por eso, en el centro de la población se podían encontrar algunos de los palacetes más interesantes de la época.

Así, a finales del siglo se construyó el que se conocería como “Palacio de Oñate” en una zona céntrica de la ciudad, lo que hoy sería una parte de la Puerta del Sol, entre las calles Mayor, Arenal y Travesía del Arenal. Sin embargo, en la época, el edificio no se asomaba a la Puerta del Sol porque existía otro inmueble hacia la plaza, la casa del licenciado Melchor Molina, conocida como la Torrecilla de la Puerta del Sol. Un pequeño callejón separaba estos dos edificios, el callejón de la Duda (ver imagen 1).
2. Fachada del Palacio de Oñate

El acceso principal del después conocido como Palacio de Oñate, como no podía ser de otra manera, se situaba en la calle Mayor, y destacaba su austeridad y elegancia, propias de la arquitectura típica de los Austrias. Un palacio, en general, muy acorde con el barrio en que se encontraba (ver imagen 2).

Sin embargo, hasta el siglo XVII, el Palacio era propiedad del condado de Villamediana. Juan de Tassis y Peralta, II Conde de Villamediana (1582-1622), vivió en esta casa hasta el momento de su muerte. Este hombre es hoy bien conocido en las leyendas populares. Y es que sus amoríos eran de lo más comentado de la época. Parece ser que la reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, llegó a ser su amante, y son muchas las anécdotas relacionadas con esta historia las que aún se conocen en la ciudad.

Una de ellas cuenta que el conde llegó a provocar un incendio en el coliseo de Aranjuez durante la celebración del aniversario del rey, solo por poder sacar en brazos a la reina de la fiesta. El rey expresó su enfado tras el acontecimiento, ya que parece que el conde tardó más de lo necesario en devolver a la reina sana y salva.

3. "La muerte del conde de Villamediana",
Manuel Castellano
Sea como fuere, lo cierto es que la noche del 21 de agosto de 1622, alrededor de las 9 de la noche, el conde estaba volviendo a su casa de la calle Mayor en un coche con la única compañía de Luis de Haro, hijo del marqués de Carpio. En el momento en que estaba ya llegando a su domicilio, a la altura del callejón de la Duda, un hombre que llevaba la cara tapada disparó con una ballesta al conde y escapó.

Una famosa pintura de Manuel Castellano titulada “La muerte del conde de Villamediana” (ver imagen 3), propiedad del Museo del Prado pero expuesta en el Museo de Historia de Madrid, retrata el momento en que numerosos vecinos contemplan el cuerpo ya sin vida del conde, una vez se había desplazado el mismo al interior del palacio.

Aún alguien recuerda unos versos, atribuidos a Luis de Góngora, que rezan de la siguiente manera: “Mentidero de Madrid / decidnos ¿quién mató al conde? / ni se sabe, ni se esconde / sin discurso, discurrid:  / dicen que le mató el Cid / por ser el conde Lozano / ¡disparate chabacano! / la verdad del caso ha sido / que el matador fue bellido / y el impulsor soberano”.

4. Palacio de Oñate, con la
fachada de Pedro de Ribera
Y es que todos en la ciudad atribuyeron al monarca Felipe IV el encargo de la muerte del conde por esos escándalos con la reina.
Tanto en los versos como en la pintura hay una referencia a uno de los mentideros de Madrid, el de las Gradas de San Felipe, que se situaba precisamente en las escaleras del convento de San Felipe el Real, frente al Palacio del conde de Villamediana.

A la muerte del conde, sus títulos pasaron a su primo Íñigo Vélez de Guevara y Tassis, conde de Oñate. Por ese motivo, a partir de ese momento, la mansión fue denominada Palacio de Oñate.

No obstante, el mismo pronto cambió su fisonomía. Si cuando se construyó compartía manzana con una de las mancebías más populares de la ciudad (uno de los prostíbulos de la época), a principios del siglo XVIII, la zona comenzaba a tener otro aspecto. De hecho, el palacio se embelleció notablemente cuando el arquitecto Pedro de Ribera le incorporó una fachada barroca con dintel y jambas de piedra berroqueña (ver imagen 4). Un balcón asomaba en esa fachada de Ribera, desde el cual se podían presenciar los acontecimientos más importantes de la calle Mayor. El mismo estaba coronado con el escudo heráldico de la familia Oñate.
5. Demolición del Palacio de Oñate

Pero el tiempo pasó, y Madrid sufrió severas transformaciones. Entre 1857 y 1862, la reforma de la Puerta del Sol llevó consigo la demolición de la Casa del licenciado Molina, y por tanto, la desaparición de la calle de la Duda.

El siglo XX comenzó con los cambios más importantes de nuestra ciudad: el proyecto del metro de Madrid (1913-1919), la construcción de la Gran Vía (1910-1929), y así un largo etcétera.
En esta época se derribaron algunos palacetes del centro para hacer paso a nuevos edificios. Entre ellos, se demolió el Palacio de Oñate (ver imagen 5). Sin embargo, parece que el Ayuntamiento de Madrid, consciente de la importancia de la fachada del arquitecto madrileño, decidió salvarla y guardarla en los almacenes municipales.

6. Casa Palazuelo, de Antonio Palacios
En el solar del palacio se construyó la Casa Palazuelo en 1919 (ver imagen 6), un bello inmueble de Antonio Palacios que hoy tiene uso comercial.
El Ayuntamiento, por su parte, no sabía qué hacer con la portada barroca de Pedro de Ribera.

Pasaron los años, y desde 1928, comenzó a construirse en la zona de la Moncloa la Ciudad Universitaria, una de las obras más ambiciosas de nuestra ciudad.
En ese mismo año, 1928, el rey Alfonso XIII inauguró en el mismo entorno la llamada Casa de Velázquez, una institución cultural francesa en el extranjero dedicada al estudio del hispanismo, que forma a artistas, profesores e investigadores con intercambios entre Francia y los países ibéricos.
7. Casa de Velázquez, 1935

Así, durante la II República (1931-1936), el Ayuntamiento de Madrid decidió ofrecer la fachada de Pedro de Ribera a diversas instituciones, y fue la Casa de Velázquez quien decidió aceptar la propuesta de incorporar la fachada histórica del Palacio de Oñate a su sede.

De esta manera, en 1935, la institución cultural francesa añadió esta portada barroca a su nuevo edificio (ver imagen 7), en un entorno estudiantil y universitario, puesto que en ese año las obras de la Ciudad Universitaria estaban ya muy avanzadas.

8. Casa de Velázquez tras la Guerra Civil

Sin embargo, la Guerra Civil (1936-1939) fue especialmente cruenta en esta zona, con lo que la Casa de Velázquez quedó prácticamente destruida (ver imagen 8), y la fachada no pudo ser restaurada tras la contienda, aunque sí lo fue el edificio que hoy seguimos conociendo como Casa de Velázquez.

Una de tantas pérdidas arquitectónicas que trajo consigo la Guerra Civil, pero que hace que la historia del Palacio de Oñate resulte más melancólica en este apartado de “el Madrid que SÍ fue”.

lunes, 2 de mayo de 2016

El Madrid que SÍ fue XII. La Torre de la Parada

Hoy, 2 de mayo, celebramos el Día de la Comunidad de Madrid, la fiesta regional que conmemora el levantamiento del pueblo madrileño contra las tropas francesas en 1808, lo que se considera el comienzo de la Guerra de la Independencia Española.

Por este motivo, en “El Madrid que no fue” hoy publicamos un nuevo artículo de la sección “El Madrid que SÍ fue”.

1. Vista de la Torre de la Parada.
Félix Castelo (h.1640).
Museo de Historia de Madrid
En este caso, traemos la historia de uno de los edificios fundamentales para la corte española del XVII, la Torre de la Parada, palacete de caza del rey Felipe IV que albergaba auténticas joyas para nuestra cultura, como podrás leer a continuación.

Durante el siglo XVI se construyeron en los alrededores de Madrid monumentos soberbios, como el mismísimo Monasterio de El Escorial entre 1563 y 1584, durante el reinado del monarca Felipe II.
Tan solo unos pocos años antes, en la década de los cuarenta, el mismo personaje, que en aquel momento era el príncipe Felipe, era un gran apasionado de la caza, al igual que serían la mayor parte de los Austrias españoles. Por ello, encargó al arquitecto Luis de Vega la construcción de un lugar de reposo para las largas jornadas de caza en el Monte de El Pardo.

El artista, que ya había realizado las primeras trazas del Alcázar de Madrid, y había comenzado en 1547 las obras del Palacio de El Pardo, se encargó de la edificación de esta pequeña fortaleza en plena naturaleza entre 1547 y 1549.

Lo que erigió fue una edificación de ladrillo, de marcada verticalidad y de planta cuadrada culminada en una torre, que no pasaba de ser una construcción secundaria para los monarcas.

2. Situación de la Torre de la Parada en el Monte de El Pardo
La misma se dividía de la siguiente manera: en el piso superior, un mirador hacía las delicias de todo aquel que desde allí contemplaba el monte madrileño. Bajo esta estancia, la tercera planta se dividía en salón y capilla, la segunda en tres salas, la primera en dos alcobas y un salón, y en la planta baja se situaban las caballerizas.

Pocos cambios sufrió este curioso inmueble, a excepción del nuevo recubrimiento de la torre con un chapitel de pizarra, tan representativo de la dinastía de los Austrias, como se puede observar en edificios madrileños como la Casa de la Villa, las Casas de la Panadería y Carnicería de la Plaza Mayor, y cómo no, el majestuoso Monasterio de El Escorial.

Sin embargo, cuando esta torre se hizo realmente célebre fue ya bien entrado el siglo XVII, durante el reinado del nieto de Felipe II, el monarca Felipe IV.

3. Felipe IV, cazador. Velázquez
El conocido como “Rey Planeta”, que había continuado con la tradición cinegética tan ligada a su familia, decidió encargar en 1636 a Juan Gómez de Mora, artista más que representativo del siglo XVII español, la remodelación de esta pequeña fortaleza.
El arquitecto, precisamente conocido por las obras de la Plaza Mayor de Madrid y de la Casa de la Villa, se encargó de este caserón, que llegó a ser muy frecuentado durante el reinado de Felipe IV.
Juan Gómez de Mora conocía muy bien esta zona, ya que tan solo un año antes, en 1635, había finalizado en las proximidades de este espacio el Palacio de la Zarzuela, otro pabellón de caza, pero con aspecto de recinto palaciego.

La Torre de la Parada fue finalizada, como decimos, con el uso principal de almacén de artefactos de caza, y de reposo durante las cacerías, a unos dos kilómetros del Palacio de El Pardo. Sin embargo, y como ya hemos comentado al comienzo del artículo, aquí se guardaban algunas joyas de nuestra cultura… ¿a qué nos referimos?

4. Vulcano forjando los rayos de
Júpiter. Rubens. 1636-1638
Felipe IV tenía muchas pasiones. Si la caza era una de ellas, su admiración por la pintura era, sin duda, una de las más importantes para este personaje. Su estrecha relación con su pintor de cámara, Velázquez, así lo demuestra. No hay más que echar un vistazo al Museo del Prado para comprender el amor del monarca por el arte pictórico.

Por ello decidió que esta torre sería no solo un lugar de reposo, sino un pequeño museo personal en el que pudiera disfrutar de algunas obras de arte lejos de la pompa de la Corte.

Parece ser que en 1636, el propio Felipe IV redactó  una memoria dando instrucciones precisas para la elaboración de un gran número de lienzos.

El rey encargó a Rubens una serie de pinturas mitológicas, la mayor parte de las cuales trataban asuntos procedentes de la Metamorfosis de Ovidio, un total de sesenta y tres lienzos de gran formato. Catorce de los mismos fueron realizados por el propio Rubens (ver imagen 4), mientras que los restantes fueron firmados por diversos artistas de Amberes en base a los bocetos de Rubens.

5. El Buen Retiro en 1637. Jusepe Leonardo.
Del mismo modo, los pintores barrocos españoles Félix Castelo y Jusepe Leonardo recibieron el encargo de crear una serie dedicada a los Reales Sitios (ver imagen 5).

Pero, como no podía ser de otra manera, Felipe IV guardaba aún espacio en esta Torre de la Parada para otras obras que le encargó a su pintor favorito, Velázquez.
Para este recinto, el genial pintor sevillano aportó tres retratos de caza que hoy adornan las paredes del Museo del Prado: los de Felipe IV (ver imagen 3); su hermano, el cardenal-infante Fernando de Austria; y el príncipe heredero Baltasar Carlos.
Otros cuadros de Velázquez, como los de los filósofos Esopo y Menipo, el del dios Marte, y los retratos de algunos bufones, fueron también colgados en este peculiar museo privado.

6. Vista de la Torre de la Parada, finales del siglo XVII.
Anónimo, Madrid, Colección Abelló.
El aspecto original de la Torre de la Parada lo podemos conocer gracias al lienzo de Félix Castello (ver imagen 1), pintado hacia 1640. Sin embargo, un anónimo de finales del siglo XVII perteneciente a la Colección Abelló (ver imagen 6) nos muestra un edificio con algunas modificaciones, con lo que podemos imaginar que había sido remodelado con anterioridad.

En 1700, en un inventario se contaron hasta 176 obras pictóricas dentro de esta construcción, algo sorprendente para una torre de caza.

Precisamente el 1 de noviembre de ese año, Carlos II, el último de los Austrias, murió sin descendencia, lo que dio lugar a la Guerra de Sucesión (1701-1714) que coronó al primer rey Borbón en España, Felipe V.
La muerte de Carlos II marcó el fin de una dinastía y de una época que quedaba atrás, junto con la Torre de la Parada. Y es que durante esa guerra, en 1714, las tropas austriacas provocaron un incendio que acabó con esta singular torre.

7. Restos de la Torre de la Parada en la actualidad
Afortunadamente, las obras pictóricas no perecieron entre las llamas, y la práctica totalidad se conserva aún en el Museo del Prado, aunque muchas de las mismas se encuentren en los depósitos de la institución.

La Torre de la Parada es otra de esas pérdidas de este “Madrid que SÍ fue”, pero por suerte, el edificio no desapareció por completo. Como podrás comprobar en la imagen 7, aún es posible encontrar, entre las sendas naturales del monte de El Pardo, los restos de esta singular edificación, tan representativa del reinado de Felipe IV, y muy próxima también al embalse (ver imagen 2).

¡Si decides hacer una ruta por la zona, no dudes en contarnos tu experiencia!

miércoles, 20 de enero de 2016

Las Puertas de Alcalá que no fueron

La Puerta de Alcalá es ese gran símbolo de Madrid sin el cual no se puede entender la ciudad, es uno de los monumentos emblemáticos que cualquier persona que visite la capital debe contemplar. Sin embargo… ¿conoces los proyectos alternativos para la Puerta de Alcalá?

Hoy es un día importante para nuestra ciudad.
Por una parte, esta mañana ha comenzado FITUR, la segunda Feria Internacional de Turismo más importante del mundo, que cuenta ya con una experiencia de 36 ediciones.

Carlos III (1716 - 1788), retratado por
Antonio Rafael Mengs
Pero además hoy, 20 de enero de 2016, se celebra el 300 aniversario del nacimiento de “el mejor alcalde de Madrid”, el rey Carlos III que, desde su nacimiento en 1716 hasta su muerte en 1788 trató de embellecer la fisionomía de la capital con grandes avenidas, una buena red de alcantarillado, uso de adoquines, hospitales públicos como el de San Carlos (hoy Museo Reina Sofía), servicios de recogida de basura y de alumbrado, y monumentos tan emblemáticos como las fuentes de Cibeles, Apolo y Neptuno, el edificio del Museo del Prado, el Real Observatorio, o el Real Jardín Botánico.

El monarca, de la dinastía de los Borbones, hijo de Felipe V y padre de Carlos IV, no cesó en su empeño de acercar la cultura a la sociedad española. Por ello en Madrid celebramos este 2016 como un año especial, y de hecho, el Palacio Real, que tuvo como primer habitante precisamente a este rey, ya le rindió homenaje durante la Navidad decorando su famoso belén napolitano con copias de edificios relacionados con el ambiente culto de Carlos III.

En “El Madrid que no fue”, como no puede ser de otra manera, también recordamos a tan importante rey, y por ello en el post de hoy traemos la historia de uno de los monumentos más recordados del Borbón y, a su vez, uno de los más emblemáticos de la capital: la Puerta de Alcalá.

Para entender la historia de tan relevante monumento, nos tenemos que remontar a la época de los Austrias.
Antigua Puerta de Alcalá,
derribada en 1764
Parece ser que en 1599, el rey Felipe III había mandado construir una puerta que conmemorara la entrada de su esposa, Margarita de Austria, en la ciudad. De estilo barroco y hecha en ladrillo, estaba localizada en lo que hoy es calle Alfonso XI, a mitad de camino entre la fuente de Cibeles y la actual Puerta de Alcalá.
Aquella construcción estaba situada en el camino a la localidad de Alcalá de Henares, un real camino que posteriormente continuaba hacia Aragón, Cataluña y Francia. Por este motivo se comenzó a llamar Puerta de Alcalá.

Felipe IV, el sucesor de Felipe III, construyó una cerca que rodeó Madrid entre 1625 y 1868 con fines estrictamente fiscales. No consideró necesario trasladar la entrada construida por su padre, con lo que pasó a formar parte de la cerca de Felipe IV.

Otras fuentes afirman que en realidad esta puerta de la ciudad no se creó hasta 1636 o 1639.

Sea como fuere, lo cierto es que el monumento se mantuvo en pie durante muchos años y los reinados de Carlos II, Felipe V, Luis I y Fernando VI. 

A la muerte de Fernando VI, "el mejor Alcalde" comenzó su mandato: Carlos III entró en Madrid como rey de España el 9 de diciembre de 1759 bajo una intensa lluvia. Se dice que aquel día vio la Puerta de Alcalá y no le agradó. Ya desde aquel día, este ilustre personaje quiso convertir a Madrid en una ciudad monumental.

Fue poco después, en 1764, cuando decidió derribar aquella puerta con el fin de ensanchar la calle de Alcalá. Su objetivo, además de la construcción de una avenida magna, era la creación de una gran entrada para la capital de España, que mostrara el esplendor de la ciudad y del reino.

Hacia 1769, el monarca encargó el diseño de este monumento a los tres arquitectos más importantes de esta época.

En primer lugar, José de Hermosilla (1715-1776), arquitecto e ingeniero, diseñó un trazado para la nueva puerta. Su opinión era muy tomada en cuenta, ya que precisamente en ese periodo (1767-1784), se encontraba en pleno proyecto de ordenación del Salón del Prado, que posteriormente se vería culminado con las fuentes  de Ventura Rodríguez: la de la Alcachofa, las Cuatro Fuentes, la de Neptuno, la de Apolo y la de Cibeles. Sin embargo el proyecto de Hermosilla pronto se descartó, quizás para que artista pudiera seguir centrado en el Salón del Prado.

Dos de los cinco proyectos de Ventura Rodríguez
para la Puerta de Alcalá (1769)
Fue Buenaventura Rodríguez Tizón, más conocido como Ventura Rodríguez (1717-1785) el segundo de los arquitectos que preparó algunos diseños para la que sería la nueva Puerta de Alcalá.

Concretamente, diseñó cinco proyectos que, fechados a 16 de mayo de 1769, aún se conservan en el Museo de Historia de Madrid. Los cinco eran de una enorme calidad, y su experiencia era más que notoria en estos trazos. Se trataba en general de arcos triunfales con semicolumnas toscanas. Todos tenían cinco vanos, presentando tres de medio punto en el centro para carruajes, y dos adintelados menores en los extremos para peatones.

Los restantes tres de los cinco proyectos de
Ventura Rodríguez 
para la Puerta de Alcalá (1769)
Lamentablemente, Ventura Rodríguez tuvo la “mala suerte” de coexistir, en primer lugar, con Juan de Villanueva (1739-1811), considerado como máximo exponente de la arquitectura neoclásica en España, y en segundo lugar, con Francesco Sabatini (1722-1797), artista italiano que trabajó para la Casa Real de España. Tanto Ventura Rodríguez como Sabatini cabalgaron entre el barroco y el neoclásico. Sin embargo, poco a poco parece que Sabatini le fue quitando el puesto a Ventura en los grandes proyectos reales. Un ejemplo de esto puede ser el caso de “El proyecto de Ventura Rodríguez para San Francisco el Grande”, que nunca llegó a ver la luz.

Francesco Sabatini (1722 - 1797)
Con la Puerta de Alcalá ocurrió algo similar. Y es que, como decimos, los cinco proyectos de Ventura eran más que interesantes, pero el tercero de los arquitectos que presentó sus diseños al rey fue precisamente Francesco Sabatini.

En su caso fueron dos los proyectos realizados, ambos soberbios y de una grandiosidad indiscutible, siendo de los más relevantes de toda la arquitectura europea del XVIII.

Igualmente concebidas como arcos triunfales, se trataba de dos puertas tardobarrocas clasicistas que se diferenciaban, fundamentalmente, en que una se componía de cinco vanos (tres para carruajes y dos para peatones), y la otra solo constaba de cuatro.

Parece ser que Carlos III no tuvo ninguna duda, y eligió el proyecto de Sabatini. Sin embargo… ¿cuál de los dos diseños?

Los dos proyectos de Francesco Sabatini
realizados para la Puerta de Alcalá (1769)
Se dice que el monarca, sin darse cuenta, aprobó ambos diseños, quizás ante la imposibilidad de seleccionar uno en detrimento del otro, con lo que Sabatini se encontró ante la difícil tarea de mostrarle al rey su error, algo que le podía costar la pérdida del favor real que gozaba por aquel entonces.
El astuto arquitecto decidió, por tanto, realizar ambos diseños en el mismo monumento. Modificó sus dos arcos triunfales originales con el fin de poder plasmarlos en la misma puerta, algo que realizó magistralmente, y motivo por el cual hoy en día podemos disfrutar de dos Puertas de Alcalá diferentes, una cada lado del monumento.

Construida en estilo neoclásico, se finalizó en 1778, y se consideró desde el primer momento uno de los símbolos de la Ilustración en España, una monumental entrada a la capital que no ha perdido importancia desde entonces.
Como decimos, la de Alcalá se usó realmente como puerta de la cerca de Carlos IV. Cuando aquel muro desapareció, la Puerta perdió su uso de entrada a la ciudad, pero se siguió manteniendo como uno de los iconos de Madrid.
                                                                                                       
El lado oeste es el considerado como interior, ya que es el que mira hacia el casco histórico de la ciudad, el que veían los madrileños cuando partían de la ciudad, y por su parte, la fachada este es la exterior, la que recibía a los viajeros.

Puerta de Alcalá
En primer lugar, la fachada este (la exterior),
y en segundo lugar, la fachada oeste (interior)
Los motivos que adornan la parte exterior son, sobre los tres arcos de medio punto, unos mascarones con formas de sátiros, espíritus de los bosques en la Antigua Grecia, ya que junto a los motivos florales de los arcos adintelados de los extremos, se consideraban un símbolo de fertilidad. Así, todo el que entraba en la ciudad veía símbolos de fecundidad bajo el escudo real del frontón de la puerta, sostenido por la Fama y ayudado por un niño, tratando de mostrar al visitante la fertilidad del Rey de España.

Por su parte, el lado interior, sobre los tres arcos principales se ven unas cabezas de leones que simbolizan la lealtad hacia la monarquía, haciendo que todo el que abandonara la capital lo hiciera recordando que, aunque fuera a otros puntos del reino, la lealtad al monarca estaba por encima de todo. Los tarjetones de los extremos muestran cornucopias, símbolo de abundancia, y por último, rematando la fachada, armas y escudos que parecen torsos recostados hablando del esfuerzo pacificador del rey.

Un conjunto indiscutiblemente soberbio, que echó por tierra los planes de José de Hermosilla y, por supuesto, de Ventura Rodríguez de hacerse cargo del proyecto.

¿Conocías estos diseños no realizados de la Puerta de Alcalá? ¿Crees justa la victoria de Sabatini en este caso?

jueves, 24 de diciembre de 2015

El Madrid que SÍ fue IX. El Real Alcázar de Madrid

24 de diciembre de 2015. Un día tranquilo, un poco frío, y en las casas ya comienzan los preparativos para la cena de Nochebuena. Una imagen no muy diferente a la que se daba en Madrid en 1734. Los madrileños a estas horas empezaban a celebrar las fiestas con alegría por las calles. Nada podía presagiar la tragedia que estaba a punto de suceder. Pero comencemos por el principio.

Nuestra ciudad tiene su origen en aquella mítica fortaleza árabe del siglo IX que, situada en el solar en el que hoy encontramos el Palacio Real, defendía los territorios musulmanes del sur de la península.

Evolución histórica de la planta del
Real Alcázar de Madrid
Este primitivo recinto amurallado, mandado construir por el emir cordobés Muhamad I (852-886), fue ampliándose poco a poco hasta que, ya en el siglo XV, se convirtió en una de las principales fortalezas de la península por ser residencia temporal de la dinastía de los Trastámara, los reyes de Castilla, los cuales acudían con asiduidad a la población al ser Madrid sede habitual en la convocatoria de Cortes del Reino. Y por ello, historia no le falta a este lugar.

Enrique III de Castilla, “el Doliente” (1379-1406) levantó algunas torres en este castillo musulmán, dando al complejo un aspecto palaciego, mientras que su hijo Juan II (1405-1454) añadió la conocida como “Sala Rica” y construyó la Capilla Real.

Enrique IV (1425-1474) decidió residir en este alcázar durante largas temporadas, motivo por el cual su hija Juana, la conocida como “la Beltraneja”, nació en su interior en 1462.
Tan sólo 14 años más tarde, la ya reina Isabel la Católica (1474-1504) asedió a los seguidores de la Beltraneja en las afueras de este castillo con motivo de las disputas por el trono de Castilla. Es esto lo que provocó que el recinto fuera dañado en su cara externa. Destrozos que se repitieron durante la Guerra de las Comunidades, de 1520 a 1522, ya durante el reinado de Carlos I (1500-1558). Muy poco después de estos daños es cuando llegó preso el rey Francisco I de Francia a esta misma edificación (leer “El Madrid de Francisco I”).

Dibujo de J. Cornelius Vermeyen del viejo alcázar antes de la
ampliación de 1537 de Carlos I (pintado hacia 1534)
A raíz de estos acontecimientos, Carlos I decidió remodelar la fortaleza y convertirla en un palacio renacentista digno de la realeza. A pesar de ello, decidió seguir denominándolo alcázar, como se había hecho hasta el momento.
Las obras comenzaron en 1537, tan solo 3 años después del dibujo realizado por J. Cornelius Vermeyen en el que se puede ver cómo era este espacio con su aspecto aún de castillo musulmán.

Reconstrucción hipotética del Real Alcázar tras las
reformas de Carlos I, hacia 1550
Durante la remodelación se renovaron las dependencias antiguas que rodeaban el Patio del Rey, se construyeron otras nuevas alrededor del Patio de la Reina, y se edificó la Torre del Príncipe hacia el lugar en que hoy se encuentran los Jardines de Sabatini.

Tras el reinado del Emperador, su hijo Felipe II (1527-1598) tomó la trascendental decisión de trasladar la capital de la corte a Madrid en 1561, por lo que la ciudad adquirió la importancia que se puede imaginar al convertirse en la primera capital permanente de la monarquía española. Por este motivo, se adaptó definitivamente el alcázar como residencia palaciega en unas nuevas obras que transcurrieron de 1561 hasta 1598. Se reformó gran parte de las estancias con un proyecto del arquitecto Gaspar de la Vega, y se le encargó a Juan Bautista de Toledo construir la Torre Dorada en un extremo del alcázar, hacia donde hoy se ubica el edificio que acogerá el Museo de Colecciones Reales.

Dibujo de A. Van den Wyngaerde
del Real Alcázar hacia 1567
Este conocido arquitecto también había recibido el encargo de la construcción del Monasterio de El Escorial. Por esa razón, la Torre Dorada estaba rematada por un chapitel de pizarra muy similar a los proyectados para El Escorial.

El extremo norte, hacia los actuales Jardines de Sabatini, se convirtió en un área para el servicio. Por otra parte, la zona más ceremonial se situó al sur, allí donde aún quedaban dos de las torres de la primitiva fortaleza árabe, que también fue remodelada tomando aires de palacio real.
Además, se construyó la Armería Real en el lugar en el que actualmente encontramos la cripta de la catedral de la Almudena.

Dibujo anónimo del Real Alcázar hacia 1596 y 1597 ya
finalizadas las obras encargadas por Felipe II.
En el dibujo se ve un espectáculo de funambulismo
ofrecido por los hermanos Buratines
Felipe III (1578-1621) se encargó de homogeneizar la fachada sur del Alcázar. Para ello, tomó como modelo la recién construida Torre Dorada en este extremo del palacio, y encomendó a Francisco de Mora un nuevo trazado siguiendo el estilo de esta torre. Así se creaba la fachada más interesante de la edificación, la sur, que si estaba rematada en la zona oeste por la mencionada Torre Dorada, finalizaba por la zona este con una nueva Torre, la Torre de la Reina, a imagen de la anterior.
Estas obras duraron de 1610 a 1636, con lo que fue el sobrino del artista, Juan Gómez de Mora, quien finalizó la tarea añadiendo trazas barrocas al proyecto original, además de encargarse de la remodelación de las estancias de la reina.

Maqueta del proyecto de Juan Gómez de Mora para el Real Alcázar
También se remodelaron las tres fachadas restantes dando un aspecto totalmente homogéneo a la estructura, con nuevas columnas y ventanas, y solo respetando la cornisa occidental que da al río Manzanares, manteniendo así las características originales de la fortaleza musulmana por esa parte.

Felipe IV (1605-1665) comenzó las obras del Palacio del Buen Retiro para convertirlo en residencia real, con lo que cesó en la tarea de remodelar el Real Alcázar. Sin embargo, las obras de Juan Gómez de Mora finalizaron en 1636, ya durante el reinado de Felipe IV, con lo que fue durante este período cuando el alcázar alcanzó su máximo esplendor, siendo un auténtico palacio real con un estilo propio.

Pintura del Real Alcázar tras la remodelación de
Juan Gómez de Mora finalizada en 1636
Esta fisionomía se mantuvo durante el reinado de Carlos II (1661-1700), y la Torre de la Reina, hacia el sureste del alcázar, se remató con un chapitel de pizarra, creando así una simetría con la otra torre que se situaba en la fachada sur, la Torre Dorada.

El reinado de los Austrias finalizó con Carlos II, y en 1700 Felipe V (1683-1746), de la dinastía de los Borbones, se convirtió en nuevo rey de España.

A pesar de la majestuosidad que ya inspiraba el Real Alcázar de los Austrias, para el nuevo rey se trataba de una fortaleza austera, bien distinta al entorno palaciego francés de Versalles donde había nacido. Se dice que Felipe V no llegó a apreciar este histórico alcázar, y que sus deseos pasaban por construir un palacio que se convirtiera en nueva residencia real.

Y por fin llegamos a 1734, año con el que comenzábamos el artículo. 24 de diciembre de 1734. La Corte, encabezada por el rey Felipe V, se había desplazado al cercano Palacio de El Pardo para celebrar las fiestas. El Real Alcázar de Madrid, el que era el edificio más importante de la ciudad y quizás del país, guardaba silencio. Sólo el personal del servicio y algún noble se encontraba en su interior preparando la Nochebuena.

Doce de la noche. Se produce el cambio de guardia sin novedad. Nada hace presagiar lo que está a punto de suceder.

Dibujo de Filippo Pallota donde se ve el
Real Alcázar en 1704
Pocos minutos más tarde, a las doce y cuarto, las campanas del Alcázar comienzan a repicar, pero ningún vecino acude al palacio. Seguramente están tocando para llamar a la Misa del Gallo, tradicional de Nochebuena... o al menos eso imaginan los vecinos de Madrid.

Ya de madrugada la noticia corre como la pólvora por las calles de la ciudad: ¡El Real Alcázar se está quemando!

El caos se adueña del lugar. Monjes y centinelas se afanan en despertar a los dormidos y en sacar a las familias y a personas como la marquesa de Fuentehermoso del palacio. La fachada occidental, la que guardaba aún esos rasgos musulmanes, sucumbe en pocas horas. Mientras, otros se afanan en rescatar algunos de los tesoros del palacio. Un cerrajero real corre a la Capilla Real para salvar todo lo que puede de la rica sala. Pero tiene poco tiempo: a las cuatro de la mañana, la citada capilla ya no existe.

Reconstrucción virtual de la fachada oeste que aún
incorporaba elementos de la fortaleza musulmana.
Fue la primera en consumirse por el fuego.
Carmen García Reig. museoimaginado.com
Éste y otros cerrajeros, temerosos de los saqueos, solo abren las puertas a personal del servicio y religiosos, por lo que la operación de rescate de objetos valiosos es bastante lenta.

Una larga noche que parece no tener fin. Y es que el día de Navidad, el 25 de diciembre de 1734, amanece en el Real Alcázar ya con llamas por la práctica totalidad de las estancias. Todos los esfuerzos por apagar el fuego son en balde. Se dice que sobre las cuatro y media de la tarde hay un fuerte viento en la ciudad que aviva más aún las llamas. Mientras tanto y de forma desesperada se trata de salvar todo tipo de alhajas, arcones de plata y madera, cofres con dinero…

El fuego llega al Salón Grande, una de las estancias principales en las que se guarda una infinidad de cuadros, obras de arte que están a punto de desaparecer.
“¡No hay escalera!”, se escucha en el Salón Grande. ¡Algunos de los cuadros están en la parte superior de las paredes, y no hay una escalera para poder bajarlos! Las personas allí presentes sacan los lienzos de la parte baja de la pared de sus marcos y los arrojan por las ventanas. Así se salvan obras de arte, exactamente 1.038, tales como “Carlos V en Mühlberg” de Tiziano, o “Las Meninas” de Velázquez. De hecho, algunos de los cuadros del Museo del Prado aún guardan restos del humo de este incendio.

Boceto de "La expulsión de los Moriscos" de Velázquez
Menos suerte corrieron otros cuadros, al menos 500, entre los que se encontraba la que se consideraba una de las obras de arte más valiosas de Velázquez, “La expulsión de los Moriscos”, o el retrato favorito de Felipe IV que le había pintado Rubens, que desaparecieron en esta quema.
También la práctica totalidad de las obras de las Indias ofrecidas por los conquistadores a los reyes de Castilla desde la época de Colón se perdieron en este incendio catastrófico.

Durante cuatro días se continúa con los trabajos de extinción, que por fin finalizan con un palacio que se ha convertido en pasto de las llamas. Solo quedan en pie un par de fachadas y la Torre del Príncipe.

Cuadros, bulas papales, importantes archivos, derechos reales de las Indias… desaparecen en la fatídica Nochebuena.

Como decimos, una tragedia, una gran pérdida para Madrid y para la historia de España, que no está exenta de polémica.
Y es que, en primer lugar, no era habitual que la familia real no se encontrara en el Real Alcázar. El rey y su familia solían permanecer en el Alcázar en Nochebuena, ya que solían acudir a los maitines de Nochebuena de la Capilla Real.

Más sospechosa es la decisión de Felipe V, tan solo unos pocos días antes del incendio, de trasladar algunas de sus obras de arte favoritas del palacio a otros lugares, razón por la que se pudieron salvar.

El Real Alcázar hacia 1710, pocos años antes de sufrir
el incendio de 1734. Es uno de los últimos dibujos del
palacio. Se trata del diseño que presentaba en el momento
de su desaparición
Y si por esto no fuera poco, la forma en que se extendió el incendio por todo el entorno y, especialmente, la rapidez, no hacen más que aumentar las dudas. A pesar del gran tamaño del recinto, las llamas se expandieron de una manera muy extraña, llegando de una fachada a otra en pocas horas.

En Madrid se comenzó a decir que el rey no había soplado para apagar las llamas, sino para avivarlas.

A los pocos días, Felipe V tomó la decisión de derribar la torre y las dos fachadas que se habían salvado, para poder así construir un palacio real más acorde a sus gustos. Pero esto ya es otra historia diferente, que puedes consultar pinchando aquí: “El Palacio Real de Filippo Juvara”.

Como decimos, una tragedia para Madrid, pero a su vez uno de los episodios más interesantes y con más interrogantes de toda la historia de la ciudad. No obstante, no fue más que uno de los primeros incendios trascendentales de Madrid que han afectado tanto a monumentos de otro tiempo (Plaza Mayor, iglesia de San Ginés en la calle Arenal, convento de San Felipe el Real en la calle Mayor, parroquia de San Luis Obispo en la calle Montera…), como a espacios más modernos (Palacio de Deportes, discoteca Alcalá 20, Torre Windsor…).

Esta noche por primera vez el mensaje de Nochebuena del rey tendrá lugar en el Salón del Trono del Palacio Real. Un lugar histórico, la figura del rey de España… y una noche, la del 24 de diciembre, son los elementos que sin duda a más de uno le traerá a la mente aquel célebre incendio de nuestro querida fortaleza, aquel mítico palacio de los Austrias… el nunca olvidado Real Alcázar de Madrid.