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miércoles, 4 de noviembre de 2015

Los viaductos que no fueron

La calle de Bailén es una de las principales vías de Madrid, en la que se sitúan muchos de los monumentos más importantes de la ciudad. También son muchos los proyectos de los que ya hemos hablado en “El Madrid que no fue” que no llegaron a construirse en esta calle: El Palacio Real de Filippo Juvara, la Plaza de Oriente de González Velázquez, la Catedral que no fue, e incluso el proyecto de Ventura Rodríguez para San Francisco el Grande.

Sin embargo, esta vía no siempre ha sido tan fácilmente transitable como lo es en la actualidad.

Cuesta de los Ciegos en 1960.
En la imagen se puede ver el desnivel, aún
existente, entre la calle de Segovia y la
colina de los Jardines de las Vistillas.
En 1561, Felipe II designó a Madrid como la capital del Reino, y como aquello hizo que la ciudad creciera como nunca antes. Durante el reinado de este monarca, se construyó el Puente de Segovia en el lugar en que había estado el Puente Segoviana, para cruzar el río Manzanares. Se convirtió este entorno, por tanto, en un acceso muy destacado a la ciudad. A través de ese camino se podía llegar al centro del municipio por la actual calle de Segovia, lo que tiempo atrás había sido el arroyo de San Pedro.

Este arroyo, junto a la iglesia de San Pedro el Viejo, es el que había creado el desnivel existente en toda la calle de Segovia, que separa el centro de Madrid en dos colinas.

El problema radicaba en la dificultad de acceder desde la zona del antiguo Alcázar, lo que hoy es el Palacio Real, hasta la otra colina, donde se localizan los Jardines de las Vistillas. Para ello, había que bajar hasta la calle de Segovia, para continuar subiendo por la otra ladera. Ardua tarea si se tiene en cuenta el desnivel.

La necesidad de una pasarela que sorteara el viejo arroyo era más que palpable, pero no fue hasta 1736 cuando Giovanni Battista Sachetti, que se encontraba ya planeando la construcción del Palacio Real, ideó un viaducto que acabara con este tipo de problemas.

Lo que él proponía es que su obra no fuera sólo el Palacio Real. Pretendía construir durante el reinado de Felipe V un conjunto en que el Palacio no fuera más que una de las piezas clave. A él se añadiría una catedral clasicista con una enorme cúpula, y una plaza en forma de exedra de la que partiría el ansiado viaducto.

Proyecto para el conjunto de Palacio Real, catedral, plaza y viaducto de Juan Bautista Sachetti. Museo de Historia de Madrid

El mismo sería una obra grandiosa, en la que destacarían tres arcos triunfales (en el centro y en los extremos) y naves porticadas, que harían que la vista de la cornisa del Manzanares fuera un sueño para todos los visitantes.

Además, entre la calle de Segovia y la Cuesta de San Vicente, en la parte baja del Palacio Real, se colocarían diferentes fuentes, esculturas y escalinatas para adornar los terraplenes artificiales que conectarían el conjunto con el río Manzanares.

Ni la catedral clasicista, con su enorme cúpula en comparación a las torres de la fachada,  ni la nueva plaza, ni el viaducto pudieron ser construidos por falta de recursos. Sí pudo ser finalizado el Palacio Real, donde estableció su residencia habitual Carlos III ya en 1764. El monumento fue finalizado por Francesco Sabatini, pero siguiendo los planos de Juan Bautista Sachetti.

Éste fue el primer proyecto fracasado de un viaducto sobre la calle Segovia, pero como podrás imaginar por el título del artículo, no fue el único.

Pocos años más tarde de todo este proyecto se produjo la invasión francesa en nuestro país. Comenzó a reinar en 1808 José Bonaparte como José I de España. Como es bien sabido, el “rey plazuelas” derribó diversos edificios en la capital para abrir plazas, como la actual Plaza de Oriente. Para su existencia, hubo que demoler el convento de San Gil, el pasadizo de la Encarnación, la iglesia de San Juan, y numerosas casas vecinales.

El urbanismo cobra protagonismo en esos años, y se le encarga al arquitecto real Silvestre Pérez el diseño de un nuevo proyecto para el viaducto.

El arquitecto presenta en 1810 su proyecto para unir el Palacio Real con el lugar donde se celebraban las sesiones de Cortes: el Salón de Cortes, ubicado en aquel momento en la iglesia de San Francisco el Grande.

Proyecto de viaducto de Silvestre Pérez. Maqueta del Museo de Historia de Madrid






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Se plantea la creación de una gran plaza porticada en el lugar en que hoy se encuentra la catedral de la Almudena. Por tanto, se elimina la idea de Sachetti de erigir en este lugar un gran templo.
De la plaza saldría un recio viaducto, que conectaría con otra plaza porticada en la zona de las Vistillas, pero mucho más amplia que la anterior. Este nuevo espacio sería tan grande que uniría el viaducto con San Francisco el Grande sin obstáculos aparte de algunos monumentos que se levantarían en la plaza.

Se trataba de uno de los proyectos más ambiciosos para este entorno, ya que se planteaba cambiar por completo el urbanismo de buena parte del centro de la ciudad.

Hoy en día es posible contemplar una interesante maqueta de este plan en el Museo de Historia de Madrid. Sin embargo, es lo único que podemos ver del conjunto, ya que nunca llegó a ser construido igualmente por falta de recursos. Además, José I dejó de reinar en 1813, con lo que no habría dado tiempo a su finalización.

Primer viaducto de Segovia, inaugurado en 1874
Sorprendentemente, hubo que esperar hasta 1874 para que el Viaducto de Segovia viera por fin la luz, una construcción de hierro y madera de 120 metros de longitud, 13 metros de ancho, y a una altura de 13 metros, ideada por el ingeniero municipal Eugenio Barrón Avignón, que hacía que por fin se unieran en una misma vía el Palacio Real y San Francisco el Grande, la actual calle de Bailén.
Su mal estado de conservación, a pesar de diversas obras de rehabilitación en los años 20 del siglo XX, hizo que tuviera que ser derribado en 1932.

Viaducto actual. Imagen de 1942
Durante ese mismo año, el arquitecto madrileño Francisco Javier Ferrero Llusía ganó el concurso convocado por el Gobierno de la Segunda República para la construcción de un nuevo viaducto. Importantes arquitectos como Secundino Zuazo, creador de los Nuevos Ministerios o de la Casa de las Flores, perdieron este concurso.

El ganador construyó una obra racionalista, que podría ser considerada como el tercer viaducto que no fue. Y es que no se construyó tal y como estaba planeado.

Según el proyecto original de 1932, a cada lado del viaducto se situarían ascensores para facilitar el ascenso y la bajada. De hecho, se planteó incluso que los elevadores fueran aptos para vehículos, e incluso que funcionaran como tranvías, quizás algo similar a los elevadores existentes en Lisboa.

Elevador da Gloria, Lisboa
Finalmente se descartaron estos ascensores, y la obra se inauguró en 1934 siguiendo el proyecto de Ferrero Llusía con pequeñas modificaciones, aunque tuvo que ser reinaugurado en 1942 tras los trabajos de restauración por los desperfectos de la Guerra Civil.

Un mismo desnivel para tres proyectos fallidos, sin embargo, todos ellos diferentes. 

¿Crees que tendría que haberse construido uno de estos viaductos, o el que tenemos en la actualidad es el idóneo para su función?

miércoles, 16 de septiembre de 2015

El Madrid que SÍ fue VI. Las Caballerizas Reales

Seguro que has paseado mil veces por los Jardines de Sabatini, junto al Palacio Real. Quizás nunca te hayas preguntado por qué toman ese nombre. ¿Quizás porque fuera Sabatini quien terminara de diseñar el vecino Palacio? ¿O puede que creas que los propios jardines fueron planificados por el propio arquitecto italiano?
En realidad ninguna de las dos respuestas es la acertada. Y es que, en el lugar que hoy ocupa esta apacible zona verde, hasta no hace mucho estuvo la conocida como Real Caballeriza Regalada.

Hagamos un poco de memoria. El Real Alcázar de Madrid, que nació como fortaleza musulmana en el siglo IX, fue destruido por un incendio en la Nochebuena de 1734. Las antiguas caballerizas del Alcázar estaban situadas entre lo que hoy se conoce como plaza de la Armería y la cuesta de la Vega, en el lugar que ocupa la catedral de la Almudena. Fueron construidas entre 1556 y 1564, durante el reinado de Felipe II, pero desaparecieron entre las llamas junto con el Alcázar en 1734. Lo poco que quedaba de ellas fue derribado en 1894 para la construcción de la cripta de la Almudena.

Caballerizas Reales a principios de los años 30 del siglo XX.
Memoria de Madrid
El nuevo Palacio Real, encargado por Felipe V a Juan Bautista Sachetti siguiendo las trazas de Filippo Juvara, fue finalizado en 1764 por Francesco Sabatini, ya durante el reinado de Carlos III.

Sachetti había soñado con un jardín junto al Palacio Real. Sin embargo, en 1764, cuando la edificación se finaliza, la misma no cuenta con ninguna zona verde.

Por el contrario, en 1782 se comienzan a construir las que serán las Caballerizas Reales, que aúnan las Caballerizas del Rey y las de la Reina, y que hasta entonces estaban en diferentes puntos de la ciudad.

Carlos III encargó a Francesco Sabatini esta gran obra debido a la confianza que poseía en él. No en vano, el arquitecto ya había construido una infinidad de importantes monumentos en Madrid, tales como la Real Casa de la Aduana, la Puerta de Alcalá, o la Puerta de San Vicente, sin olvidar la finalización del ya mencionado Palacio Real.

Caballerizas Reales en su fachada por la calle Bailén
Sin embargo, la petición que recibe no se limita a construir un simple establo para animales. Se trata de una auténtica ciudad situada en el norte del Palacio. Un terreno de 27.000 metros cuadrados en los que se construiría un inmenso edificio con forma de polígono irregular para adaptarse al solar en que se encontraba y con dos accesos: el principal por la actual calle Bailén, y otro por la cuesta de San Vicente.

A finales de 1789 finalizan las obras y comienzan a utilizarse estas grandes instalaciones en las que trabajarían centenares de personas a las órdenes, por una parte del Caballerizo Mayor, el Marqués de Villena, y por otra parte del Primer Caballerizo de la Reina.

Sabatini adecuó muy acertadamente el edificio a las dificultades del terreno, y construyó un edificio recio en piedra berroqueña y granito, que superaba en longitud a los muros del propio Palacio.

Caballerizas Reales y calle Bailén desde la plaza de España.
A la izquierda y en primer plano se puede apreciar
la sede de la Real Compañía Asturiana de Minas.
Al fondo y a la derecha asoma el Palacio Real
Además de las cuadras, los abrevaderos y los Reales Picaderos, existían seis patios en esta construcción. El mayor estaba junto a la entrada por la calle Bailén, pero también había otros no menos importantes como el Patio de Mulas, el Patio de Coches, o el Patio del Herradero, donde se localizaban los almacenes de carbón, los herraderos y la fragua.

También contaba este singular edificio con enfermería, zonas de baño frío y caliente para el ganado, cuadras de contagio, botiquín, e incluso una capilla dedicada a San Antonio Abad, patrón de los animales.

El Protoalbeiterato, algo así como el Colegio Oficial de Veterinarios de entonces, tenía su sede de igual manera en este espacio, y las salas del Guardanés General, que se encargaba de cuidar los arneses, llegaba a tener hasta 65 armarios. En ellos se guardaban las ropas de los cocheros, las sillas de montar, y algunos objetos de utillaje.

Casi 2.000 caballos y mulas eran de propiedad de la realeza durante este periodo, pero las Caballeriza Regalada solo tenía capacidad para 500, con lo que muchos tuvieron que ser cuidados en otros lugares próximos a éste. A pesar de ello, hasta 649 animales fueron atendidos en su interior.

Zona del Guardanés General en 1931.
Memoria de Madrid
Lamentablemente, el número de caballos existente en la Real Caballeriza desciende hasta 251 alrededor del año 1814, a la finalización de la Guerra de la Independencia.

En 1830, cuando las Caballerizas iban recuperando la importancia que habían tenido en sus inicios, Fernando VII encargó en la parte del edificio más cercana al Palacio, la construcción del llamado “Cocherón”. Se trataba de una gran cochera rectangular en que se acogieron hasta 100 carruajes. Como curiosidad, el coche más antiguo allí guardado era el que había utilizado Juana I de Castilla, llamada “la loca”, para trasladar el cuerpo de Felipe I de Castilla, “el Hermoso”, hasta el municipio de Tordesillas, según cuenta la tradición.

Algunos de los trabajadores de la Real Caballeriza Regalada, vivían en su interior con familiares, con lo que en 1848 llegaron a vivir allí 486 personas. Cuando decíamos que era una auténtica ciudad, no hablábamos en vano. De hecho, por este motivo se llegó a instalar en el interior una escuela para niños.

Imagen aérea de las Caballerizas Reales, y del "Cocherón",
en su parte más próxima al Palacio Real. Año 1932
En 1931, durante la II República, el Gobierno traspasó todo este espacio al Ayuntamiento de Madrid, y éste, tan sólo un año más tarde, decidió derribar el edificio para seguir la idea original de Sachetti de construir un jardín en esta zona adyacente al Palacio Real, el cual en esta época se denominaba Palacio Nacional.
Es cierto que ya en 1931 existía el Campo del Moro en el lado oeste de la construcción, pero también se quería aprovechar la oportunidad para engrandecer los alrededores del monumento: la calle Bailén dejaría de estar aprisionada entre edificios, y se podría sumar este espacio al abierto por José Bonaparte a principios del siglo XIX conocido como la Plaza de Oriente.

Se abrió un debate en la capital, y tanto el Colegio de Arquitectos como el Patronato del Museo Nacional de Arte Moderno se opusieron a la demolición. Sin embargo, parece que los madrileños apoyaron la idea de tener una zona verde en el lugar de las antiguas caballerizas, y en 1934 se completó la demolición, comenzando en 1935 las obras de los nuevos jardines.

Proyecto de los jardines de Sabatini, publicado en prensa
el 1 de febrero de 1935. BNE
Se trataba de cumplir el deseo del arquitecto Sachetti, pero sin olvidar que en ese espacio se había ubicado un gran edificio de Sabatini. Por ello, antes incluso de comenzar las obras, en 1934 se decidió que los jardines tendrían el nombre del célebre arquitecto. Lamentablemente, no son muchos hoy en día los que conocen esta historia.

Entre ese año y el siguiente, mucho se discutió acerca de los trabajos de construcción. ¿Sería necesario un muro de contención hacia la cuesta de San Vicente? ¿Y sí se edificara un jardín escalonado para no restar perspectiva al Palacio?

En febrero de 1935 se aprobaron las obras, y las llevó a cabo el arquitecto municipal Fernando García Mercadal. Las mismas se paralizaron por la Guerra Civil, y fueron por fin finalizadas en 1950 por Manuel Herrero Palacios, con algunas pequeñas modificaciones, pero respetando a grandes rasgos el proyecto inicial.

Así que, la próxima vez que acudas a los Jardines de Sabatini, trata de imaginar la vida allí en los siglos XVIII y XIX. Seguro que no verás este espacio ajardinado de la misma manera.

miércoles, 8 de julio de 2015

La Plaza de Oriente de González Velázquez

José I de España, José Bonaparte, reinó en nuestro país desde 1808 hasta 1813. Mucho se ha escrito sobre su período como monarca, cuestionando cada una de las medidas que decidió tomar, ya sea para bien o para mal.

Planos de la Plaza de Oriente de Tomás López (1785)
y su hijo Juan López (1812). Comparación.  atacama.es
Entre varios apodos, como Pepe Botella, destaca el de “El rey Plazuelas”. Y es que, especialmente en Madrid, se pudo ver cómo la fisionomía de la ciudad cambiaba en unos pocos años.

José Bonaparte, al llegar desde Francia, descubre que la capital de España es bastante diferente a las ciudades que conoce. Entre otras cosas, se da cuenta de que no existen casi plazas, constituyendo el centro histórico una auténtica maraña de callejuelas estrechas y oscuras. Por este motivo, decide derribar casas e iglesias para abrir nuevos espacios públicos.

Evolución de la Plaza de Oriente.
tallerdevivencias.blogspot.com
Gracias a esta decisión, los madrileños podemos disfrutar a día de hoy de plazas como la Plaza del Rey, la de Santa Ana, la de la Cebada, y la de Isabel II. Sin embargo, la más controvertida y ambiciosa fue la Plaza de Oriente. Se pretendía abrir un gran espacio desde el que poder admirar toda la grandiosidad del Palacio Real. Se retomaba así la primitiva idea de los arquitectos Giovanni Battista Sachetti y Francesco Sabatini, de los que ya hablamos en el post “El Palacio Real de Filippo Juvara”.

En 1809 comienzan los derribos, dirigidos por Juan de Villanueva, al sur y este del Palacio. Varias manzanas de viviendas, el convento de San Gil, la iglesia de San Juan, y el pasadizo del monasterio de la Encarnación, donde se encontraba la Biblioteca Real, desaparecieron del mapa urbano de la capital.

Maqueta del proyecto de la Plaza de Oriente de
Isidro González Velázquez. Museo de Historia de Madrid
A la vuelta de Fernando VII, la plaza aún no estaba urbanizada, y así quedó durante muchos años. Fue en 1832 cuando Isidro González Velázquez, arquitecto que ya mencionamos en el artículo “Pirámide a las víctimas del Dos de Mayo”, presenta un proyecto que se le había encargado.

Se trataba, por supuesto, de la urbanización de la Plaza de Oriente, la cual el importante arquitecto concibe como un espacio de estética clasicista.

Siguiendo el pensamiento de Sachetti, configura una construcción descubierta de planta circular que se integra a la perfección con la residencia borbónica, al otorgarle González Velázquez un aspecto palaciego.

Maqueta del proyecto de la Plaza de Oriente de
Isidro González Velázquez. Museo de Historia de Madrid
En el centro de la misma se situaría una pequeña exedra, desde la cual se podría admirar, hacia el oeste, el Palacio Real, y hacia el este, el edificio que presidiría la nueva Plaza de Oriente. Y es que sería el Teatro Real el que gobernaría este gran espacio, abrazando metafóricamente la plaza.

Sin embargo, años después, exactamente en 1844 y ya durante el reinado de Isabel II, se decidió construir el proyecto de Narciso Pascual y Colomer, que es el que conocemos en la actualidad. Un proyecto bastante menos monumental, pero más práctico.

Una interesante maqueta del proyecto de González Velázquez se encuentra hoy en día en el Museo de Historia de Madrid, en la calle Fuencarral, con lo que si aún no lo conoces, quizás sea esta la excusa perfecta para ir a visitarlo. ¿Te animas?

miércoles, 29 de abril de 2015

El Palacio Real de Filippo Juvara

Madrid, tal y como hoy lo conocemos, es una ciudad abierta y cosmopolita, con una superficie de más de 600 km2 y una población de más de 3 millones de habitantes.
Nada que ver con la primitiva fortaleza musulmana o al-mudayna que, desde la segunda mitad del siglo IX defendía los territorios árabes del sur de España.

La misma, de 7 hectáreas, (ubicada en los terrenos donde hoy se encuentra la catedral de la Almudena, la plaza de la Armería y el Palacio Real), junto con las 3 hectáreas que ocupaba la medina (los barrios de la ciudad), constituían el primer Mayrit”, el germen de la ciudad de Madrid.

Primitivo Alcázar de Madrid. www.artehistoria.com
Aquella fortaleza defensiva fue progresivamente mejorada y usada por los reyes castellanos para celebrar las Cortes del Reino. Más tarde se utilizó como residencia ocasional de la dinastía de los Trastámara. Pero fue especialmente ampliada a partir de 1561, cuando Felipe II decidió establecer en Madrid la capital del imperio español.
Un alcázar muy ligado a los Austrias, y que fue residencia de la Familia Real española.

En el año 1700 muere sin descendencia Carlos II, el último de los reyes Austrias, y finalmente es Felipe V, de la dinastía de los Borbones, quien continuará reinando en nuestro país.

Felipe V había nacido en Versalles, y sus gustos eran diferentes a los de la antigua dinastía de los Austrias. Es sabido que al llegar a Madrid no encontró la ciudad que deseaba, y que el alcázar le pareció tan lúgubre como austero.
No estaba acostumbrado el monarca a estos edificios, y la antipatía hacia este lugar era más acusado debido a lo que representaba: el símbolo del poder de la anterior dinastía, los Austrias.

Alcázar de Madrid pocos años antes de ser destruido
Durante la Nochebuena de 1734 la historia de Madrid cambió para siempre. Fue posiblemente en los aposentos del pintor de Corte Jean Ranc donde comenzara el incendio que destruiría el Real Alcázar de Madrid por completo. Las campanadas de medianoche del vecino convento de San Gil (donde hoy se sitúa el Café de Oriente), que trataban de advertir del fuego, hicieron creer a los madrileños que se estaba llamando a misa (ya que al ser Nochebuena, era frecuente acudir a la Misa del Gallo).

Lienzos como “Las Meninas” de Velázquez pudieron ser salvados siendo arrojados por las ventanas del alcázar, pero se cree que más de 500 pinturas se perdieron por el fuego.

Retrato de Filippo Juvara
Tras el misterioso incendio, Felipe V tuvo la oportunidad de construir un nuevo palacio que fuera un emblema del poder de la dinastía de los Borbones y que mostrara el lujo y esplendor a los que tan acostumbrado estaba.

Filippo Juvara (1678 – 1736), conocido arquitecto italiano que había desarrollado gran parte de su trabajo en Turín, fue el elegido para levantar este nuevo Palacio Real.

Poco después del incendio, en abril de 1734, Juvara se traslada a Madrid, y en poco tiempo tiene preparado su proyecto para la nueva residencia de la familia real española: un conjunto palaciego que, con diversas plazas y jardines, harían de este edificio el más soberbio y ambicioso de toda la historia de la ciudad de Madrid.

Se trataría de un edificio barroco con cuatro grandes patios, siguiendo así la forma habitual en Italia. Y es que se pretendía que el edificio tuviera trazas tanto italianas como francesas.
Un lado entero del patio mayor estaría dominado por las escaleras principales, y entre los dos patios más importantes se situaría la biblioteca y la capilla.

Lo primero que llamaba la atención eran las grandes dimensiones del palacio. De haberse construido en el lugar en el que se situaba el Real Alcázar, una de las plazas del palacio estaría emplazada en la calle Mayor, y los jardines llegarían a toda la zona de Príncipe Pío.

Proyecto de Filippo Juvara para el Palacio Real de Madrid
Es por ello que esta residencia no se ubicaría en este histórico lugar. Se debería buscar una gran zona llana en la que poder desarrollar este ambicioso proyecto, y en el que los parterres pudieran ser admirados en todo su esplendor.
Nunca se supo la zona exacta en la que se habría ubicado este palacio, aunque se barajan lugares como el actual barrio de Argüelles.

El arquitecto diseñó una maqueta en madera que servía para ilustrar su importante proyecto, aunque con el paso de los años se perdió, y no se sabe si se destruyó o se halla en paradero desconocido.

Otro de las características del nuevo monumento serían sus materiales de construcción: se trataría de evitar la madera para que el flamante palacio no fuera devorado de nuevo por las llamas, y se construiría enteramente en piedra y ladrillo.

Sección del proyecto de Filippo Juvara para el Palacio Real
de Madrid. Archivo General de Palacio, Madrid.
Lo cierto es que el proyecto de Juvara no era uno más. Estaba destinado a ser el proyecto cumbre de la dinastía Borbón, el que mostrara que España había cambiado, y que se dejaba atrás una época para recibir otra más monumental.

En enero de 1736, antes de comenzar a construir el nuevo palacio, Filippo Juvara muere repentinamente. La elegancia de los alzados diseñados por el arquitecto, la armonía de la disposición, y fundamentalmente, la grandiosidad del proyecto, quedan entonces en el aire, a la espera de la construcción del ansiado palacio.

En 1737 llega a Madrid el arquitecto Giovanni Battista Sachetti, antiguo discípulo de Filippo Juvara en Turín.
Estaba acostumbrado en aquella ciudad a llevar a cabo los diseños creados por su maestro. Sin embargo, a su llegada a Madrid se le hace un encargo diferente: tiene que adaptar el gran palacio diseñado por su mentor al lugar en el que se ubicaba el antiguo alcázar.

El propio Juvara había dicho que, al tratarse de un terreno irregular y más estrecho, incluso el mejor de los artistas vería su obra empequeñecida en ese lugar.

Fachada a los jardines del Palacio Real de Madrid.  Proyecto
de Filippo Juvara. Archivo General de Palacio, Madrid.
En ese mismo 1737 Sachetti tiene preparado su proyecto, y en 1738 comienza la construcción, que no finalizará hasta 1764, bajo el reinado de Carlos III, siendo concluido por Francesco Sabatini y con participación de arquitectos españoles de renombre como Ventura Rodríguez, pero esto ya forma parte del Madrid que sí fue.

Es posible que el prestigio de Juvara hubiera ayudado a convencer a Felipe V para hacer el nuevo palacio en un lugar diferente y en unas proporciones que habrían hecho de esta construcción una de las más importantes y soberbias de la Europa del siglo XVIII. Sin embargo, hoy podemos suponer cómo habría sido este monumento gracias a los planos del arquitecto, y así imaginar cómo habría cambiado nuestra ciudad de haberse construido.

El Palacio Real existente es, indiscutiblemente, uno de los palacios reales más característicos e imponentes de toda Europa.

¿Crees que habría sido más acertada la construcción proyectada por Filippo Juvara?

Fachada principal del proyecto de Filippo Juvara para el Palacio Real de Madrid